Finaliza el verano, esa estación en la que parece más fácil conectar con la vida a través del disfrute. Se potencian los sentidos al ponernos en contacto con la naturaleza buscando lo lúdico, ya sea para relajarnos o para activar nuestro espíritu aventurero (o ambas opciones en el mejor de los casos).

Nos adentramos en un momento de transición, donde ni el verano es lo que fue ni el otoño hace gala de su presencia.

Es un momento único para disfrutar del cambio.
El cambio es la única verdad inmutable de la vida. Nada permanece quieto. Parafraseando a Heráclito, nunca vemos el mismo rio ya que sus aguas son diferentes en cada instante.
En la medida en que nos reconciliamos con esta realidad permitimos que el cambio, constante compañero, deje de ser una amenaza para convertirse en potencialidad pura: podemos soltar lo que ya no nos sirve para este momento (dejamos el bañador y la toalla de playa) y comenzamos a idear, la antesala de crear…

Es momento de dejarnos sentir, de inspirar y expirar, de permitir que a través de las sensaciones corporales, de los sentidos, mi interior se exprese y me guíe sobre qué camino voy a transitar en esta nueva estapa.

Como en todos los principios, la ilusión es la estrella guía de referencia. Ella me sintoniza con la verdad que mi Ser más profundo quiere experimentar.

Conviene recoger nuestros aperos y prepararnos para el viaje:
recogemos el entusiasmo del niño, la valentía del adolescente, la capacidad lógica del adulto, la sabiduría del anciano… Todo en uno, simultáneamente.

Y así, me lleno de ganas de vivir, de ganas de sentir, sabiendo que tengo todo lo que necesito porque tengo una vida en la que el cambio ya no es una amenaza, sino muy al contrario, la puerta de entrada a un campo de  posibilidades donde habitan la libertad y la dicha.